28 mayo 2015

Secretos de una universitaria

3 Comentarios
Leo el título y esbozo la sonrisa más grande de todas, esa sonrisa del "ahora sí, lo contaré todo". Al pasar los segundos la sangre va haciendo su trabajo en mi rostro, me convierto en una víctima más de mi simpático sistema nervioso, inmediatamente borro algunos párrafos, luego, los reescribo, y quiero cancelar esta entrada, pero algo me alienta finalmente. 

Hace poco, falleció una amiga de mi universidad, aún tenía en mi memoria sus ojos rasgados, su sonrisa pausada, su timidez y sus nerviosos ademanes que, imperceptibles, yo podía recordar claramente como manifestaciones de su fragilidad. Cómo se fue y las circunstancias que la llevaron a eso todavía no me quedan claras, pero sí me mortifica reconocer que no somos dueños de nuestras vidas, y mucho menos de nuestras voluntades si acaso una enfermedad psicosocial o psicoafectiva nos ataca cómo saber qué hacer, dónde pedir ayuda, en qué brazo cobijarse, y cómo explicarlo si no sabemos siquiera que la tenemos.

Su valiosa vida iba por un camino habitual y, de pronto, las circunstancias, las vivencias, el trabajo, la precariedad, la religión y su maldito fanatismo anti-ciencia, todo eso terminó por quebrarla y quebrarnos. Hicimos lo que pudimos para poyar a la familia en esos momentos difíciles, conversamos nuevamente entre varias de la promoción. Nos volvimos a encontrar con algunos y era una pena sentir que a ella le hubiera gustado estar así, reuniéndose con nosotras, conversando de cómo nos fue, que años no sabíamos nada una de la otra, que ahora que te has casado cuándo tienes hijos, y esas preguntas que solemos hacernos para saber más uno del otro.

Imagino que la ausencia tan cercana, la pena de su juventud ida, el recuerdo de las clases llevan a todas a cuestionarse todo. Si vale la pena o no la fe, si vale la pena matarse estudiando para luego no encontrar trabajo o alguien que te dé la oportunidad del gran salto, si vale la pena matarse trabajando, si el sacrificio finalmente tiene un camino menos insensible que la muerte trágica.

Al final, confirmo lo que pensaba a los 17 años, la vida vale la pena sólo por aquellos segundos en que fuiste feliz, en que sonriendo cómplice con tu pareja, con tus amigas, con tus amigos, por ese baile con quien tu querías, por ayudar a álguien... por abrazar a quien amas, sólo por esos momentos absolutamente felices puedes decir que valió la pena vivir.

Espero Janelle, que hayas sido feliz, en algunos momentos, quizá con alguna broma entre nosotras, bailando en alguna fiesta luego de clases, exponiendo un buen trabajo, terminando las clases sin preocupaciones, llevando tu primer sueldo a tu familia, consiguiendo las metas de ese año en tu trabajo, espero que en cualquier entorno en el que hayas estado (incluso el religioso) hayas sido, al menos por un momento, profundamente feliz, sólo entonces todo valió la pena.




............................................................ * ..............................................................


P.D. Los Secretos de una universitaria vendrán en la siguiente entrada, mientras escribía esto sentí que sólo Janelle ameritaba tener una entrada para ella sola. 

19 diciembre 2014

Gabo en Bogotá

4 Comentarios
Las mismas calles que pisaste, la misma Plaza que mirabas, yo buscaba al colombiano más colombiano de todos y no te hallaba. Gabo, ¿dónde, cómo, cuánto tiempo viviste en Bogotá?, leí que andabas en tranvía y paseabas por la plaza Bolívar, señalando que era una ciudad de Poetas. 

Quedaba poco para culminar las jornadas de días completos. Aún podemos escaparnos en el almuerzo, dijo ella. No creo, salvo que lleguemos tarde a la segunda parte de la plenaria. No, salimos una hora antes del almuerzo y regresamos exacto. Arriesguemos pues. Y me inyecté un poco de su adrenalina. Seguro la debes recordar Gabo,  te conoció en Cuba, andaba buscando su bastón negro y te preguntó por él, tú volteaste a mirarla y le habías dicho con tu gran sonrisa "Seguro se lo habrán llevado unos anarquistas", ambos se rieron, no sé cómo ella se aguantó para no abrazarte días enteros como lo hubiera hecho yo.

Tomamos un taxi con otras amigas, y en el centro bajamos, emocionadas ante la nubosidad de un cielo lleno de palomas. Ellas prefirieron ir al centro de artesanías, y nosotras, como si nos faltara oxígeno deseábamos entrar primero a la Casa de Botero. Y nos separamos.

Miles de fotos, maíz, catedral, palacio, calles estrechas. Ella sabía dónde ir, había vivido seis meses en Bogotá, Botero nos esperaría a tres cuadras de la Plaza Bolívar, con su mano gigante, esculpida para aplastarnos la ignorancia.







Corriendo entre los salones, en nuestra inútil batalla contra el espacio-tiempo, salimos sin culminar el total de la visita; al frente, una exposición dedicada a tí, el mural "Celebrando a Gabo" me contó más de tu vida en tu país. El más grande de todos los grandes impregnado en un muro grandioso, no pudimos entrar a la muestra de la Cámara del Libro, pero la satisfacción de los lienzos difuminados permanecía gratamente en mí. 







Conocí una Bogotá llena de gente muy amable, que te orienta, te acompaña y te cuida; también, que sus sonrisas y amabilidad contrastan con las paredes de la ciudad. El pueblo ha tomado los muros para expresar aquello que las fuerzas de uno y otro bando no permiten decir en voz alta. Con los años, la violencia había enseñado a callar ante los ojos de los extranjeros la peligrosidad de sus calles, Bogotá, se convirtió en la ciudad del Graffiti







En algún momento había visto un monumento de una persona parada con una bandera colombiana, me dijeron que era Jaime Garzón, por el taxista me enteré que se trataba de un humorista político que fue asesinado por los paramilitares. Luego, en mi regreso al hotel, vi este mural, también dedicado a él:


 "Y hasta aquí las sonrisas, país de mierda"; se trataba de un parafraseo de lo que dijo un comentarista deportivo el mismo día del asesinato de su compañero de canal. "Y hasta aquí los deportes... país de mierda"


No me alcanzan las fotos ni las palabras para describir más de Bogotá. Espero volver Gabo, a conocer otra ciudad de Colombia, quizá donde pasaste la etapa más feliz de tu vida, escuchando los relatos de Tranquilina, tu abuela inspiradora.

::::::::::::VERBUM SAPIENTI::::::::::::::::::::

::::::ORBIS TEXTUS::::::